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Agrillo: el sabor ácido que también es tradición jalisciense

  • Foto del escritor: heyjaliscoo
    heyjaliscoo
  • 17 mar
  • 1 min de lectura



Jalisco, hay sabores que no salen en los menús turísticos, pero viven en la memoria de los pueblos. Uno de ellos es el agrillo, una fruta pequeña, ácida y refrescante que forma parte del paisaje y la tradición en distintas regiones del estado, especialmente en zonas rurales.

El agrillo —con su sabor intenso entre lo cítrico y lo dulce— no suele comerse solo por su acidez, pero justo ahí está su magia. En manos creativas, se transforma en verdaderas joyas gastronómicas: desde aguas frescas bien frías para el calor tapatío, hasta dulces artesanales, mermeladas y conservas que equilibran perfecto su carácter ácido con azúcar o piloncillo.

En muchos hogares, el agrillo se convierte en botana: preparado con sal, chile y limón, como esas combinaciones que tanto nos encantan en Jalisco. También es común verlo en forma de jarabes caseros o incluso fermentado para bebidas tradicionales que rescatan técnicas antiguas.

Más allá del sabor, el agrillo también tiene lo suyo en beneficios: se le atribuyen propiedades digestivas y un buen contenido de vitamina C, lo que lo vuelve un aliado natural para refrescar el cuerpo y fortalecer defensas.

Aunque no tiene la fama del mango o la guayaba, el agrillo es de esos ingredientes que cuentan historias. Historias de campo, de tianguis, de abuelas cocinando lento y de infancias con las manos llenas de sal y chile.

Porque en Jalisco, hasta lo más ácido… sabe a tradición.

 
 
 

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