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Antes de partir, todo pasaba por la Central Camionera Vieja

  • Foto del escritor: heyjaliscoo
    heyjaliscoo
  • 16 ene
  • 2 Min. de lectura

Antes de que la ciudad se extendiera y las rutas se multiplicaran, hubo un lugar donde Guadalajara se encontraba consigo misma: la Central Camionera Vieja. Para muchos tapatíos, no fue solo un punto de salida o llegada, sino un escenario cargado de emociones, despedidas largas y regresos esperados.


Inaugurada a mediados del siglo XX, cuando la ciudad todavía se movía a otro ritmo, la Central Camionera Vieja se convirtió en el corazón del transporte foráneo. Desde ahí partían camiones rumbo a los pueblos de Jalisco, al Bajío, al norte y al sur del país. Era el lugar donde se cargaban maletas con ropa doblada a mano, cajas de cartón amarradas con mecate y canastas con comida hecha en casa.


El ambiente era inconfundible: el olor a diésel mezclado con café de termo, tortas envueltas en papel estraza y el murmullo constante de los altavoces anunciando salidas. Las bancas eran testigo de abrazos apresurados, lágrimas discretas y promesas de volver pronto. Para muchos migrantes, estudiantes y trabajadores, ese sitio marcó el inicio de una nueva vida.


Con el crecimiento de Guadalajara y la necesidad de modernizar la movilidad, la Central Camionera Vieja fue quedando atrás. Nuevas terminales tomaron su lugar, más grandes y funcionales, pero ninguna logró replicar del todo ese sentimiento de comunidad improvisada que se vivía entre andenes.


Hoy, cuando se habla de la Central Camionera Vieja, no se habla solo de un edificio, sino de una época. De una ciudad más compacta, más cercana, donde viajar era todo un ritual y despedirse tomaba su tiempo. Su recuerdo sigue vivo en la memoria de los tapatíos que alguna vez miraron cómo un camión se perdía en la carretera, mientras Guadalajara seguía creciendo detrás.


Porque hubo un tiempo en que irse comenzaba ahí… y volver también.

 
 
 

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