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Entre rituales y presencias: El Colibrí, la tienda esotérica que guarda secretos en Guadalajara

  • Foto del escritor: heyjaliscoo
    heyjaliscoo
  • 16 jul 2025
  • 2 Min. de lectura


En un rincón del último piso de un viejo edificio del Centro de Guadalajara se encuentra El Colibrí, un local donde la fe, la superstición y lo paranormal conviven en cada esquina. Aquí no solo se venden plantas medicinales y veladoras para el amor, también se respira un ambiente cargado de historias inquietantes y miradas inexplicables.


La locataria del edificio, cubierta de tatuajes y acostumbrada a lidiar con energías extrañas, recuerda su experiencia más escalofriante: “Hace unos años, estaba atendiendo una llamada y sentí una mirada que me sofocó. Al voltear, vi a un hombre alto, güero, vestido con pantalón caqui y una franela de cuadros roja y negra… con los ojos rojos, barba en pico. Cuando lo miré, supe que estaba frente al diablo”. La figura misteriosa solo le dijo: “Nada, nada más te estoy mirando”, antes de desaparecer. Nadie más lo vio esa tarde.

El Colibrí, atendido por padre e hijo, es un paraíso para quienes buscan un amarre, una limpia o simplemente curiosidad. Entre sus estantes se alinean estatuillas de la Santa Muerte, San Judas, santos yorubas y hasta diablos con detalles atrevidos. También hay veladoras con nombres como “Amansa hombres” o “Espanta suegras”, sales de colores y collares típicos de la santería.

En palabras del encargado, lo que más se vende son las figuras: las hay desde los 500 pesos hasta una monumental Santa Muerte de dos metros que cuesta 14 mil. Y por supuesto, ofrecen amarres desde 300 pesos para quienes quieren atrapar un amor imposible.

La santería, de raíces yorubas y sincretizada con el catolicismo durante la colonia, sigue cautivando a muchos por sus símbolos tangibles y sus rituales. En una sociedad materialista, como explica el académico Ender Artigas, la gente busca señales y resultados inmediatos.

El dueño, con collares coloridos colgando hasta el ombligo y una mirada intensa, lleva más de 30 años entre deidades y espíritus. “Aquí hemos visto de todo”, dice. Y basta pasar unos minutos ahí para sentir que, quizá, entre velas y rezos, hay algo más que simple comercio.

 
 
 

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