Rafael Urzúa: el arquitecto que convirtió las raíces de Jalisco en una nueva forma de habitar

Antes de que Guadalajara se llenara de grandes edificios y de que la arquitectura moderna cambiara para siempre el paisaje urbano, hubo una generación de arquitectos que decidió mirar hacia otro lado: hacia los pueblos, los jardines, la piedra, el adobe, la cerámica y las formas de construir de nuestra tierra. Entre ellos estaba Rafael Urzúa Arias, uno de los grandes nombres de la llamada Escuela Tapatía de Arquitectura.
Nacido en Concepción de Buenos Aires, Jalisco, en 1905, Urzúa llegó a Guadalajara para continuar sus estudios y en 1924 ingresó a la Escuela Libre de Ingenieros. En 1928 obtuvo los títulos de ingeniero civil y arquitecto. Compartió aulas y posteriormente inquietudes profesionales con Luis Barragán, Pedro Castellanos e Ignacio Díaz Morales, integrantes de una generación que transformaría la arquitectura jalisciense.
Su arquitectura tiene algo muy particular: no parece querer borrar el pasado para construir lo moderno, sino hacer que ambos conversen. Investigaciones de la Universidad de Guadalajara identifican entre sus influencias la arquitectura vernácula de la Sierra del Tigre, la Alhambra y el Generalife, así como las ideas mediterráneas de Ferdinand Bac. De ahí surgió un lenguaje regionalista en el que aparecen patios, jardines, arcos, azulejos, tejas, muros gruesos y una especial relación entre la arquitectura y la vegetación.
La Casa Farah, una de sus grandes obras
Entre sus edificios más reconocidos en Guadalajara se encuentra la Casa Farah, construida en 1937 en la esquina de avenida Vallarta y Simón Bolívar. La propia Secretaría de Cultura de Jalisco la identifica como una obra de Urzúa y destaca su carácter funcionalista con elementos regionalistas.
La casa sorprende por sus muros robustos, sus vanos cuidadosamente proporcionados, sus espacios interiores y el manejo de la luz. No es una arquitectura que busque presumirse desde la calle: buena parte de su riqueza se descubre al entrar, en la relación entre sombra, patios y espacios interiores.
Pero la obra de Urzúa estuvo lejos de limitarse a las casas particulares. También proyectó los arcos de ingreso y una fuente del Parque Agua Azul, participó en el proyecto y construcción del Parque Morelos, diseñó el edificio del Sindicato Único de Trabajadores Automovilistas de Jalisco (SUTAJ) en Calzada Independencia y realizó diversas casas, remodelaciones y espacios públicos.
Incluso tuvo participación en el entorno del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, donde en 1934 diseñó y construyó una segunda cúpula independiente sobre la estructura existente, sobre la cual José Clemente Orozco realizaría posteriormente parte de sus célebres murales.
Una arquitectura que también miró a los pueblos
Una de las particularidades de Urzúa fue que su obra no terminó en Guadalajara. Cuando regresó a Concepción de Buenos Aires, su tierra natal, continuó trabajando y dejó una importante cantidad de edificios y espacios.
Ahí proyectó y construyó casas habitación, edificios públicos, escuelas, una ermita, el monumento a Cristo Rey, intervenciones en el panteón municipal y otros espacios comunitarios. También realizó obras religiosas en distintos puntos de Jalisco, entre ellas la iglesia de Mater Admirabilis, en El Salto, y la iglesia de San Miguel Arcángel, en La Manzanilla de la Paz.
Su propia casa en Concepción de Buenos Aires es quizá una de las mejores maneras de entender su personalidad arquitectónica. La construcción original, iniciada en 1904 alrededor de un patio central, fue transformada por Urzúa durante sus años de retiro en una especie de laboratorio personal, donde reunió muebles, plantas, pinturas, fotografías y elementos recuperados de antiguas construcciones.
Ahí queda claro algo que atraviesa toda su obra: para Urzúa, construir también significaba conservar la memoria.
Su trabajo forma parte de ese movimiento regionalista que hizo que Guadalajara desarrollara una identidad arquitectónica propia durante las primeras décadas del siglo XX. La Universidad de Guadalajara reconoce a Urzúa, junto con figuras como Luis Barragán e Ignacio Díaz Morales, como parte de la generación que transformó profundamente la fisonomía de la ciudad.
Rafael Urzúa murió en Guadalajara en 1991. Su legado permanece en casas que todavía habitan nuestra ciudad, en plazas y edificios públicos, pero también en una idea que hoy sigue siendo vigente: que la arquitectura puede ser moderna sin dejar de pertenecer a su tierra.
Y quizá por eso, cuando caminamos por ciertas calles de Guadalajara y encontramos un arco, una teja, un patio, una ventana o un muro que parece guardar el clima y la memoria de Jalisco, también estamos caminando por la historia de un tapatío que supo convertir nuestras raíces en arquitectura.




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